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domingo, 11 de agosto de 2013

Katsuhiko Kashiwazaki: Biografía de un judoka (II)

Cuando cumplí los dieciséis años, fui al instituto de Kugi. Aquí empezó mi segundo período en mi desarrollo como judoka. Había conseguido curtir un espíritu de Judo muy fuerte gracias a los entrenamientos y a la educación de Kubo sensei. Sin embargo, en Kugi lo que aprendí fue el espíritu de ganar y perder. El señor Yuto Wayama fue el responsable de esto. Me dio unas buenas bases para lo que más tarde se convertiría en mi especialidad: Ne-waza.

Wayama sensei era un muy buen profesor de judo suelo. Siempre me decía que el Ne-waza podía mejorarse con entrenamiento, pero que en el Tachi-waza (judo pié) nuestro límites estaban más o menos predeterminados y  el talento natural cobraba mayor importancia.

Estudié judo después de la escuela con Wayama sensei 365 días al año. Incluso cuando hacíamos viajes de fin de curso a Kyoto, por ejemplo. Mi Ne-waza se hizo mucho más fuerte y empecé a ganar alguna que otra competición utilizando el judo suelo. Wayami sensei siempre fue una persona serie y taciturna. Nunca sonreía. Era un hombre grande, por encima de los 100kg y muchas veces le llamábamos Nobushi (que significa ser un samurai hermitaño, de la montaña). Nos imponía mucho porque su apariencia imponía mucho. Nos recordaba a un oso. Pero también inspiraba mucha confianza.

Una vez, cuando era estudiante de segundo curso, perdí un combate por ippón en una competición de barrio y contra un oponente al que normalmente ganaría. Me senté llorando después de la derrota y Wayama sensei me llamó para que fuera. Esperaba que me gritara o golpeara por haber luchado tan mal, sin embargo lo que dijo fue: “si entrenas duro, primero serás débil antes de convertirte en alguien fuerte.” Nada más.


Esto me hizo pensar mucho y empecé  a incrementar mis entrenamientos de carrera cada mañana y cada tarde. No había visto sonreír a Wayama sensei, pero pensé que si me convertía en un campeón quizás podría verle. A partir de este momento es cuando empecé a querer realmente ganar y concentré todo mi entrenamiento en ello.

Al final de mi segundo año en el instituto pude competir en el campeonato escolar (instituto) de la prefectura y conseguí llegar a la final, pero no gané. Tenía 16 años y todavía no había visto sonreír a Wayama sensei. Después de la final me dieron el certificado de segundo puesto, lo que me inspiró mucho más para ganar y quedar primero la próxima vez. Además de mi entrenamiento, empecé a planear las competiciones durante las clases habituales de la escuela. En vez de estudiar inglés o matemáticas, intentaba utilizar mi imaginación y plasmar la competición en un papel. Escribía cada uno de los pasos de una competición: “Rei, Hajime, ataco con seoi-nage, él me bloquea, entonces intentó hacer kouchi-gari… marco yuko y consigo inmovilizarle en yoko-shiho-gatame… Ippon. La siguiente pelea. Y así sucesivamente. Una vez detrás de otra. Intentaba visualizar las condiciones, al oponente, la atmósfera, todo.

Casi siempre me imaginaba ganando en la final por un bonito ippon y recibiendo el certificado de campeón para mí. Algunas veces, cuando estaba escribiendo en el papel los combates que iba a tener, en las clases los profesores me decían: Kashiwazaki, ¿puedes continuar con la lectura por favor? A lo que yo solía responder: “Lo siento, pero estoy combatiendo en la semi-final y estoy a punto de ganar. No puedo leer.” Pronto dejaron de pedirme que continuara atento a las lecciones. Debieron de pensar que estaba un poco loco. El año siguiente, gané la medalla de oro en el campeonato. En teoría esto debería de haberme alegrado y sorprendido mucho. Pero cuando lo has ganado en tu mente más de 500 veces, realmente deja de sorprenderte. Wayama sensei, sin embargo, todavía no sonrió. Escribí en mi diario: “Incluso un experto puede ser vencido si no le das oportunidad para atacar.”

No obstante, cuando fui al campeonato de High School de todo Japón, no tenía la misma obsesión que para el campeonato de la prefectura en mi cabeza. Perdí en el primer combate. Recuerdo claramente como cogí un resfriado tres días antes de la competición y no quería tener ningún tipo de excusa. Wayama sensei  hizo una botella con una medicina para los resfriados y me dijo que era para mí. Me dejó a solas con mi resfriado la noche anterior y en ese momento entendí el tipo de hombre que era. 

Durante las vacaciones de verano o de año nuevo, cada año íbamos a su casa porque Wayama sensei era muy popular y su esposa muy simpática y amable. Ella hacía habitualmente  comida para nosotros cuando teníamos una competición importante y nos invitaba a comer los domingos después de entrenar. Cocinaba muy bien y fue una segunda madre para nosotros.

Continuará...

Este post fue originalmente escrito en http://www.esdojo.es/

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